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«No lo tengo claro»: cuando no sabes lo que sientes por tu pareja

"No lo tengo claro":
cuando no sabes
lo que sientes por tu pareja

“Creo que no siento lo que debería sentir”, pero ¿qué supone que debería sentir?

Nicolás*, un amigo casado y con dos hijos, el otro día me comentaba: “Creo que no siento lo que tendría que sentir, con mi pareja anterior todo era pasión y con la de ahora a veces pienso que todo es monotonía”.

Y así, sin más, últimamente me veo envuelta en este tipo de conversaciones, ya sea en un bar entre amigos, en un mano a mano con alguien en la intimidad o también de manera asidua en terapia, en la que alguien se pregunta si lo que siente es suficiente para seguir con su pareja, para decidir construir una familia o para tomar la decisión de acabar con aquella relación que hasta ahora mantenía.

 

Nicolás lleva unos años ya casado y anteriormente había tenido una par de relaciones largas que no habían evolucionado, pero que siempre recuerda con mucho frenesí. Cuando él u otros amigos me realizan este tipo de comentarios, me suscitan una serie de inquietudes a veces difíciles de resolver con ellos por aquello de no invadir su espacio y porque lo que se está dando entre nosotros es un espacio lúdico e íntimo y podría ser perverso darle una mirada terapéutica. Con Nicolás me llama la atención la expresión “Creo que no siento lo que debería sentir”, pero ¿qué supone que debería sentir? Posiblemente no sienta la pasión y frenesí que sentía hace un tiempo en esa relación o quizá en esta relación nunca se ha sentido tan enamorado como en otras relaciones.

“Parece que me gusta,
aunque luego no sé,
no me termina de gustar,
es algo muy raro, es un sí y un no»

En el otro lado está María*, una paciente con un proceso terapéutico de algo de más de un año y cuya demanda inicial estaba relacionada con una relación de dependencia a la que no ha podido poner fin hasta hace unos meses, ha empezado a conocer a diferentes personas a través de aplicaciones como Tinder. Esos encuentros no son lo esperado ya que no consigue sentir lo que sentía en su anterior pareja: “Parece que me gusta, aunque luego no sé, no me termina de gustar, es algo muy raro, es un sí y un no, pero no es lo que sentía en mi anterior relación”. En su anterior relación tenía miedo a salir con sus amigas, a hacer una vida de forma autónoma e independiente de su pareja, pero a la vez una relación que describe como “repleta de sexo y pasión”.

El no sentir lo mismo que sentía en su anterior relación la lleva a pensar que no podrá formar una pareja con ninguna de esas personas a las que está conociendo. A través de sus sesiones, va descubriendo que la intensidad que ha sentido en su anterior relación junto con su baja autoestima han sido determinantes en su dificultad para terminar con una pareja que era destructiva para ella. Es difícil saber si volverá a sentir esa intensidad de nuevo; pero lo importante es que aprenda a cuidarse en las relaciones y que pueda ir experimentando para construir su criterio acerca de qué es importante para ella en una relación de pareja.

A pesar de que se ha hecho una evolución hacia la libertad emocional y de que hemos aprendido a escuchar lo que sentimos y a darle importancia para poder decidir cómo queremos que sea nuestra relación, son muchos los que se atrapan en dudas sobre qué tipo de pareja escoger. Por supuesto que es importante que en la relación haya atracción, amor y deseo, pero también pueden ser importantes otras muchas cosas como la aceptación del otro, el respeto mutuo, los gustos en común, la admiración, el interés mutuo y un largo etcétera.

Y aunque aún existen muchas parejas que siguen institucionalizando su relación a través del ritual eclesiástico, a través del registro civil o como pareja de hecho, cada vez es más asiduo encontrarnos diferentes tipos de relaciones construidas desde una elección personal y no regladas por nada externo: parejas abiertas, parejas de finde, parejas LAT (están juntos, pero viven por separado), parejas que construyen familias reconstituidas…

El ritual eclesiástico ofrecía a las parejas una serie de características sobre las que basar su unión: la unidad indisoluble, fidelidad y fecundidad, características que desresponsabilizaban a los sujetos de la unión sobre el quehacer de su matrimonio y sobre su sentir acerca de ello. Ahora, con la disminución del poder de la Iglesia y la aceptación del divorcio, todas estas decisiones caen en nosotros. Ya no es una institución la que nos plantea cómo ha de ser nuestra relación, y eso nos coloca en un lugar de libertad y responsabilidad a la hora de decidir qué tipo de relación construir.

Por ejemplo, otra paciente, Laia* me explicó en una sesión que su novia «lo tiene todo claro conmigo, se casaría mañana mismo conmigo, se tatuaría mi nombre y sabe perfectamente y adora casi todo de mí y quiere que sea la madre de sus hijos. Yo, que es todo y cuanto quería, pero no lo tengo claro. Parece una tontería, pero proyectar un futuro de ese calibre me da vértigo y supongo que no será tan raro tal y como estoy en este momento. Pienso en cómo lo hará la gente, qué sentirán por la otra persona cuando se casan, cuando tienen hijos, cómo hacen esas parejas para que sean tan duraderas, pienso en todo…”.

Laia siente vértigo y se pregunta qué sentirán los demás para decidir casarse. A través de la terapia trabajamos para que ella descubra qué componentes quiere que tengan sus relaciones de pareja y pueda decidir si continuar en esta o no.

"Pienso en cómo lo hará la gente, qué sentirán por la otra persona cuando se casan, cuando tienen hijos, cómo hacen esas parejas para que sean tan duraderas, pienso en todo…”

LAIA

Manuel Villegas y Pilar Mallor, en su libro Parejas a la carta, explican que estas pasan por tres etapas: la inicial “Eros”, centrada en la atracción sexual, el enamoramiento, el cortejo y la idealización, y que suele durar aproximadamente entre 18 meses y tres años; después vendría la llamada “Philia”, en la que la relación se basa en el reconocimiento, el respeto y la aceptación del otro, la comunicación afectiva, el compartir ideales, aficiones, intereses y gustos; y por último, “Ágape”, que implicaría el cuidar desinteresadamente, un amor incondicional, un compromiso auténtico que suele ser la culminación de un proceso amoroso.

En Días de radio de Woody Allen, según la psicoanalítica Person: “Hay una escena en donde un minúsculo y aventajado abuelo está de pie detrás de su bien dotada esposa, intentando embutirla en uno de aquellos corsés que las mujeres llevaban en la década de los cuarenta. Es una escena cómica, pero va más allá del humor, porque evoca la naturalidad a la vez despreocupada y tierna de una pareja que ha compartido medio sigilo de intimidad física. Los dos se sienten cómodos, sin la más mínima vergüenza mutua, pese a los estragos y la gravedad de la época y su intimidad conmueve profundamente al espectador”.

Este orden, que es el habitual, no tiene porque ser el único y hay parejas que pueden iniciar su relación desde el reconocimiento, el respeto, la amistad (“Philia”), y que después diera lugar a “Eros”. Es básico que la relación se fundamente en el respeto mutuo, que cada miembro se acepte y se quiera a sí mismo, pero una vez que tenemos la base, hemos de decidir si el resto de los ingredientes que forman la pareja nos son suficientes para seguir compartiendo camino. Como dice Walter Riso, “el amor hay que pensarlo además de sentirlo. Se necesita de una dosis considerable de voluntad para mantener y llevar adelante una buena y sostenible relación afectiva: con el amor duro y crudo no basta”.

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05 Septiembre 2019, 6:00am

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Deja de decir ‘es que yo soy así’ para justificarte por todo

Deja de decir 'ES QUE SOY ASÍ'
para justificarte por todo

Tú no eres así, tú te comportas así.

Todos nos hemos sentido orgullosos en alguna ocasión de defender nuestra manera de ser, nuestra manera de actuar, nuestras ideas y todo aquello que forma parte de nosotros. En cierta medida, todo esto está muy bien: querernos aceptarnos, tener nuestra opinión sobre las cosas, confiar en nosotros mismos… Mi labor diaria en las sesiones de terapia casi siempre va de esto, de la búsqueda de bienestar, de crecer como personas, de mejorar como seres humanos, pero ¿qué pasa cuando las personas defienden su actitud o su comportamiento a cualquier precio? ¿Es símbolo de buena autoestima o seguridad?

 

 

Carla* me explicaba que su amiga Eva había perdido a su padre recientemente. Su respuesta ante esto, además de seguramente decirle que lo sentía, fue: “Bueno, Eva, una de cal y otra de arena”. La cal se refería a la pérdida y la arena a que por fin se había quedado embarazada después de llevar meses intentándolo. No puedo imaginar cuál pudo ser la respuesta de su amiga, pero a mí el relato me pareció esperpéntico y así se lo hice saber. Su respuesta fue: “Es que yo soy así, digo lo que pienso”.

Hoy en día está sobresabido que decir lo que pensamos sin más no tiene por qué ser la mejor opción, ni la única, pero no es la única situación en la que ese «yo soy así» sirve de excusa a quien lo dice. Ese “yo soy así” nos lo podemos encontrar como respuesta a muchas situaciones: alguien que constantemente pide perdón o da las gracias, quien hace favores a personas que no los piden o ni siquiera los necesitan, él que llega cada día tarde, aquel que cuando sale bebe hasta llevarse al límite… También tenemos la versión de “es que él es así, qué le vamos a hacer”, que sucede mucho cuando es un hijo o hija quien cuestiona a sus padres por la conducta de uno de ellos.

Vamos a ponerle algo de luz al asunto: tú no eres así; tú te comportas así: actúas así, te sientes así, estás acostumbrando a hacerlo de esa manera. Tus conductas son respuestas reactivas y defensivas a los comentarios que te hacen y que vives como hirientes, como un ataque a tu persona, a tu autoestima. Por eso estos comportamientos, actitudes y formas de gestionar que utilizas se pueden cambiar, modificar, suavizar, etc.

Hay muchas y diferentes teorías sobre la personalidad, pero para lo que estamos discutiendo hoy es especialmente útil la del psiquiatra y psicólogo Juan Luis Linares, reconocido terapeuta familiar, que escribe: “La personalidad estaría formada por nuestra identidad y nuestra narrativa”. La narrativa tiene que ver con las historias que nos explicamos, que construimos, y el significado que les atribuimos en relación con lo que nos pasa, y esto empieza a darse desde la vida intrauterina.

Linares nos explica que simultáneamente a la construcción de la narrativa, se va construyendo la identidad de todas las historias que llevamos construidas: “Con esta, con esta y con esta me identifico yo. Este soy yo…” y añade que “el sujeto elige algunas narraciones como definitorias de sí mismo, y con ellas, ciertamente, no acepta transacciones ni negociaciones: este soy yo, me tomas o me dejas, pero no pretendas convencerme de que sea otro”.

Por eso esto es muy importante que “la identidad debe limitarse a unas pocas narraciones, claramente definidas y delimitadas, correspondientes, por lo general, a temas como el género y la orientación sexual, la pertenencia nacional, la filiación política y religiosa… y poca cosa más. Lo contrario, es decir, un individuo excesivamente identitario, o bien es un psicótico (…), o bien un peligroso y rígido fanático que pone todo su ser en juego por cualquiera de sus narraciones”.

Este es el tipo de personas que se defienden normalmente con el “yo soy así”, que viven como identitarias muchas de sus acciones, actitudes, emociones, pensamientos, creencias… Han desarrollado una personalidad repleta de identidad y con poca narrativa, lo que provoca que sean personas muy vulnerables a recibir críticas ajenas, con mucha negación al cambio, poco flexibles y rígidas de pensamiento, ¿y eso se puede cambiar? Pues sí.

Para empezar, aunque suene típico: querer hacerlo y aceptar que es posible conseguirlo. Una vez que la persona ya está preparada para la acción, se trata de prepararse para recibir la opinión de los demás y ver qué hacer con ella. 

Imaginemos una pelota, imaginemos ahora que esa pelota te la lanzan y tú sientes que lo han hecho con muy mala leche, sientes rabia, y se la devolverías con toda ella. Imagina que puedes sobreponerte a esa inmensa rabia y que te das tiempo a pensar qué hacer con esa pelota, a decir cuál es la mejor estrategia para ti. Imagina que decides llevártela a casa para pensar por qué el otro te la ha tirado así o por qué tú sientes que lo ha hecho así.

Después de pensarlo, podrás decidir qué hacer con ella, si devolverla de manera tranquila o con la misma fuerza que te llegó o dejarlo pasar, intentar no ser reactivo a la emoción que te produce lo que él otro te dice, poder escucharla y digerirla, y meditar sobre si la reflexión que nos ha hecho ese amigo, conocido o familiar nos aporta algo para mejorar en nuestro crecimiento personal. Si es así, perfecto, nos habrá ayudado, y si es que no, pues podemos dejarlo pasar sin más o responder a la persona con algo similar a un

“gracias, pero mi opinión es diferente de la tuya”

A veces es difícil que uno solo pueda manejar este tipo de situaciones por la intensidad de las emociones; en este caso es importante recurrir a un especialista si se quiere cambiar.

Un último apunte: no podemos dejar de plantearnos nuestra responsabilidad a la hora de dar nuestra opinión sobre los actos de los demás. En la situación que describí al inicio del artículo, yo le dije a Carla que su comentario me parecía espérpentico. ¿No habría sido mejor que le hubiese preguntado si podía darle mi opinión? ¿Y si le hubiese dicho que me gustaría decirle lo que pienso sobre lo que ha dicho? ¿Habría sido diferente su actitud ante mi opinión? Muchas veces somos copartícipes de ese tipo de respuestas porque invadimos espacios del otro sin pedir permiso y participamos en su primitiva respuesta. Además, antes de darle nuestra opinión, no está de más plantearnos para qué hacerlo.

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16 Octubre 2019, 6:00am

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Cómo lidiar con alguien que cree que siempre tiene la razón

Cómo lidiar con alguien que cree
que siempre tiene la razón

Tu opinión es solo eso, acéptalo.

Pasamos gran parte de nuestro tiempo hablando con amigos, en el trabajo, a través de redes, con la familia… Establecemos conversaciones superficiales, profundas, divertidas o conversaciones sin más. Pero, de repente, llega una frase que nos cae como una losa inamovible e inquebrantable, una frase sobre la que nos parece casi imposible debatir o incluso rebatir.

El contenido de la frase es indiferente, puede ser algo profundo como “el feminismo sigue siendo totalmente necesario” o algo tan naif como “con tu edad deberías tener un trabajo estable”. Lo importante, en este caso, es el mensaje subliminal que acompaña a la frase: “la verdad tiene un solo camino” o “hay una manera correcta de hacer las cosas “, acompañado de una idea implícita: “y es la mía”.

La incertidumbre personal, laboral y relacional que vivimos en la actualidad incide en nuestro estado psicológico. El ser humano, en la búsqueda de bienestar psicológico, cree necesitar seguridad para reducir su incertidumbre y es en esa búsqueda cuando hace de sus opiniones certezas. Pero nuestras opiniones son solo eso, nuestras opiniones, nuestra visión del mundo, nuestra decisión.

Eso no significa que hay que desmerecerla, sino todo lo contrario, pues es imprescindible para nutrir nuestra autoestima, para echar raíces en relación con nuestros valores, para construir nuestro criterio propio, para relacionarnos y para conseguir nuestro bienestar psicológico, pero hemos de hacerlo aceptando que únicamente es nuestra opinión y que aunque puede ser compartida con muchos otros, no establece ninguna verdad objetiva y que no será el fundamento para nadie más que para nosotros.

La autonomía o bienestar psicológico no tiene que ver con certezas ni con la seguridad, sino que, como dice Manel Villegas Besora, “representa la culminación en la que se integran los diversos niveles morales, el desarrollo de un criterio propio. Parte de una clara percepción de las necesidades y deseos personales, de una firme voluntad para alcanzarlos, de una aceptación consciente y crítica de las leyes impersonales, establecidas y sancionadas por la sociedad, de un reconocimiento de los deseos, necesidades y la voluntad ajena y trata de tomar en consideración todas esas variables conjuntamente en el momento de tomar sus decisiones”.

Volviendo al tema que nos ocupa, lo mejor en las conversaciones que estableces sería promover la escucha activa y el respeto mutuo para encontrar espacios nuevos de confluencia.

PERO…

¿qué hacer cuando la persona con la que hablas tiene un pensamiento rígido, impermeable al tuyo y piensa que está en posesión de la verdad absoluta?

 

 


¿Cómo gestionar esta rabia, impotencia, incredulidad o tristeza que te crean sus afirmaciones?

Lo peor de todo es que intentes gustar a esa persona, que busques su aprobación, porque para conseguirlo tendrías que prescindir de ti, de tus ideas, de tus gustos, de tu manera de ser, etc.

Si no quieres gustarle pero pretendes hacer valer tu opinión, podrías entrar en una batalla de gallos e intentar salir victorioso (algo que es poco probable, porque utilizará todas las argumentaciones y contraargumentaciones que tenga a su alcance para hacerte ver que el equivocado eres tú, además de que si entras en la lucha, estarás haciendo lo mismo que él).

Podrías, si aún tienes la esperanza de que cambie, invitarle de manera cuidadosa a la reflexión sobre su opinión, algo que también es difícil que pase.

¿Entonces? Una vez seas consciente de la inutilidad de la lucha y aceptes que hay personas que viven sentadas en un trono, busca opciones que te den una salida airosa, que no triunfante, de esas situaciones. Cuando te encuentres a alguien secuestrado por sus ideas, empieza por escuchar las emociones que eso te produce y trata de gestionarlas, pues no puedes escoger lo que sientes, pero sí que eres responsable de lo que haces con ello. Poner el foco en tus emociones para poder gobernarlas y colocar filtro a los comentarios de los demás para no ser reactivo te ayudará a dejarte de tomar como algo personal sus comentarios.

Podrías decirte: “a ver que tonterías escucho hoy, voy a estar atento a como me siento ante eso”, que puedas conseguir que nadie altere tu estado de ánimo, que nadie te saque de tus casillas, sería un gran síntoma de maduración emocional. Que te digan que vives como un adolescente cuanto tienes ya una cierta edad puede resultarse ofensivo, pero ¿qué vas a conseguir si respondes a eso?, ¿no será mejor escuchar la rabia y conducirla hacia el humor o la ironía? “Gracias, no sabía que había una manera de vivir según la edad”.

A veces la emoción sentida puede ser tan impactante por la sorpresa del comentario como por lo inesperado que puede costarte dar una respuesta inmediata: no te preocupes, piensa que siempre estarás a tiempo para darla si finalmente lo decides así, aunque sea días más tarde.

Si aun así quieres ganar tiempo en ese momento podrías decirle: “lo que me dices me ha impactado, necesito respirar”. Y si no quieres dar explicaciones, busca el modo de escaquearte para poder buscar ese aire que te permita recolocarte y pensar qué hacer. Ten en cuenta que esta nueva manera de interactuar hay que entrenarla y que como todo entreno necesita tiempo. Una vez que se ha reducido el impacto emocional, escoge la respuesta más afín a ti: “escucho lo que me dices, pero no lo comparto” o “entiendo lo que me dices, pero pienso diferente”.

Otra manera sería simplemente asentir con la cabeza asumiendo que perder energía en intentar disuadirlo es en vano y que puedes poner el foco en fortalecer tu paciencia y tu saber estar.

También queda la alternativa de intentar evitar relacionarte a toda costa con esas personas, que siempre es una posibilidad. Y si todo lo anterior no nos sirve porque hemos de llegar a un pacto con él o ella, siempre nos quedaría decirle: “pensamos diferente, pero hemos de llegar a un acuerdo. ¿Cómo lo hacemos?”. Y con pico y pala, a ver qué sale.

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19 Febrero 2020, 5:00am

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Deja de decir ‘me sabe mal pero’ para dar opiniones que nadie ha pedido

Deja de decir
'ME SABE MAL, PERO...'
para dar opiniones que nadie ha pedido

Hacer un juicio sobre la vida de alguien sin pedirle permiso y excusar tu comentario en un “me sabe mal” puede ser una conducta algo narcisista, egocentrada y manipuladora.

Estás en un bar con un amigo con el que disfrutas tomando una cerveza tranquilamente, habéis hablado de cómo ha ido la semana, os estáis poniendo al día de cómo estáis, y te comenta “me sabe mal decirte esto, pero creo que tu pareja no te conviene deberías dejarla”, o un “me cuesta comentarte esto, porque me sabe mal, pero deberías cambiar de trabajo, te veo muy estresado”, o tal vez “no sé cómo decírtelo, porque me sabe muy mal, pero creo que estás bebiendo en exceso”.

 

Y te encuentras allí con aquel comentario que te ha transmitido sin preguntarte si querías escuchar una interpretación suya de una parcela de tu vida, sin pedirte permiso para opinar sobre tu vida personal, y posiblemente sin ni siquiera haberse fijado en tu expresión no verbal diciéndole que no querías escuchar aquello que te iba a decir, pero que anticipabas que no te gustaría con ese “me sabe mal decirte esto”.

Ahí lo tienes, tu amigo te ha explicado algo sobre ti basándose en una opinión suya sobre algo que no haces como él o ella cree que deberías hacer, una confesión que cree trascendental y que piensa que necesitas saber.

¿Cómo le dices que no quieres hablar de este tema?, ¿que la próxima vez que quiera decirte algo sobre ti que te pregunte si quieres saberlo, que no te parece suficiente ese “me sabe mal” para justificar su conducta?, ¿que no estás de acuerdo con el comentario que te ha hecho con su mejor intención, supuestamente?

Impactado por la rabia y la sorpresa, posiblemente te plantees que esa intención no era tan buena, que no tenía la finalidad de ayudarte, que no tenía el objetivo de abrirte los ojos, sino un interés más propio, un deseo de querer expresarlo, de no poder sostener aquello que nos quiere decir, o incluso de hacerte ver que tu vida no es tan perfecta.

Si piensas en ello acaso te sientas culpable, si le dices a tu amigo lo que piensas quizás te sientas culpable, si le dices a tu amigo lo que piensas él posiblemente se sentirá culpable, si te lo dice, tú sumarás más culpa, y si respalda su comentario en aquel “me sabe mal” aún más culpa, si cabe.

Cuando realizamos un juicio sobre la vida de alguien estamos entrado en un terreno pantanoso, en un espacio en el que podemos dañar al otro aunque sea con nuestra mejor intención. Escuchar nuestro comentario puede provocarle sorpresa, estupor ,rabia, resentimiento, rencor aunque también podria sentir gratitud y agradecimiento entre otras emociones y sentimientos, y aunque esta no es una gestión que nos compita a nosotros sí que lo es el ser conscientes del impacto que nuestra conducta puede tener.

 

«Hacer un juicio sobre la vida de alguien sin pedirle permiso y excusar tu comentario en un “me sabe mal” puede ser una conducta algo narcisista, egocentrada y manipuladora»

Hacer un juicio sobre la vida de alguien sin pedirle permiso y excusar tu comentario en un “me sabe mal” puede ser una conducta algo narcisista, egocentrada, manipuladora, e incluso con cierta victimización. Justificar nuestra conducta no evita el daño que puedas provocar, únicamente niega el mal en el que puedes estar incurriendo, lo excusa, minimiza tu sentimiento de culpa y quizás pretende evitar ponerte en una situación de estar en deuda con el otro por el malestar provocado. Además de que te libra de esperar o luchar por un perdón que tiene que llegar del otro, sino esta de acuerdo con lo que has hecho y tu quieres reparar el dolor causado.

Si quieres decirle algo a alguien acerca de su vida pídele permiso para hacerlo, si no quieres hacerlo puedes mantener tu opinión en tu privacidad aunque también puedes hablar con él asumiendo todo lo que se pone en juego.

Poder reflexionar y deliberar acerca de expresar nuestra opinión afrontando las consecuencias es símbolo de madurez psicológica. Decidir que vas a compartir tu visión responsabilizando de ella, sin ese “me sabe mal”, te puede colocar en otra esfera que tiene que ver con manejar la culpa que puedas sentir. Ojo la culpa la puedes sentir ya sea por omisión o por comisión.

Si sientes culpa, es importante responsabilizarte de ella, escucharla y deliberar. Si la culpa es anterior a la acción, puedes pensar qué dicen sobre ella los valores, las creencias e ideales que quieres sembrar y decide. También puedes observar si ese sentimiento de culpa tiene que ver con tu criterio o está relacionado con las normas morales de la familia y de la sociedad en la que te han educado.

 

Un niño nace en un estado de inconsciencia sobre el bien y el mal, tiene una posición anterior a las normas, y es en su camino evolutivo cuando la va integrando. Si la culpa decide por ti, no estás siendo libre para decidir responsablemente sobre tus acciones.

"Poder reflexionar y deliberar acerca de expresar nuestra opinión afrontando las consecuencias es símbolo de madurez psicológica"

Si la culpa es consecuencia de un acto, pregúntate si lo hecho para ti es correcto o no, independientemente del sentimiento. Si bajo tu criterio has actuado de buena manera, transita la culpa, convive con ella, acompáñala y poco a poco se irá diluyendo, y si puedes entenderla, mejor. Si consideras que has actuado mal, pregúntate si para ti tiene sentido pedir perdón, si es necesario reparar el daño causado. Puede que la respuesta sea afirmativa y que eso te lleve a buscar una acción en esa dirección. Además de reparar la acción, experimenta la emoción, piensa que hacerlo te ayudará a disminuir los errores y a desarrollar interés en mejorar.

Hagas lo que hagas, piensa y decide qué hacer con el sentimiento de culpa; lo que no ayuda es regodearte en él, castigarte, flagelarte como un mártir. Tampoco lo ignores, porque se irá amontonado y tu cuerpo de alguna manera u otra lo irá expresando.

Las reglas morales son necesarias para el buen funcionamiento de cualquier grupo; y el sentimiento de culpa, con su delimitación de lo bueno y lo malo, sirve para que se cumplan. Sin embargo, el desarrollo humano no se daría si nadie se atreviera a transgredir las prohibiciones, pues supone ser capaz de afrontar la culpa y no dejar que nos paralice.

Carmen Durán

Otro cosa: en tu día a día intenta ser más veraz, deja de mostrarte como una persona correcta, olvídate de ser lo que se espera y sé lo que eres, y cuidándote a ti cuida al otro, pregúntale por todo aquello que quieras decirle sobre él y entonces ya no necesitarás ese “me sabe mal”. Lo humano es todo, poder mostrarnos de manera natural, con nuestras luces y sombras, y eso permitiría a los demás también poder hacerlo y poder integrar nuestros errores como algo cotidiano del ser humano.

Ah, y si leéis por ahí artículos que os dicen “qué hacer para no sentirse culpable”, no hagáis caso, porque sobre todo es importante recordar que no escogemos cómo nos sentimos, sino lo que podemos hacer con ello.

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10 Junio 2020, 9:05am