Entrada: Cuando intentas no desagradar y te pierdes a ti misma
El otro día, en sesión, una persona me explicaba que cada vez que tiene que hablar con gente se pone muy nerviosa. Me decía que no sabe qué decir, que empieza a pensar que no va a gustar, que se le va a notar la inseguridad y que los demás la van a juzgar.
En su día a día, este miedo al rechazo ocupa mucho espacio. Antes de un encuentro social ya se activa: le da vueltas a lo que debería decir, a cómo comportarse, a cómo no quedar mal. Durante la interacción, gran parte de su atención está puesta en el otro: en su mirada, en sus gestos, en si parece aprobar o no. El foco deja de estar en lo que ella piensa o siente y pasa a estar en evitar desagradar.
A nivel corporal, describe cómo su cuerpo entra en alerta incluso antes de que la situación ocurra. Aparecen taquicardia, rubor, boca seca, bloqueo mental y una sensación de no poder pensar con claridad. En ese estado, expresarse con naturalidad se vuelve muy difícil y la espontaneidad desaparece.
Con el tiempo, este funcionamiento ha ido condicionando su vida social. Evita ciertas situaciones, otras las vive con mucha tensión y le cuesta iniciar conversaciones, dar su opinión, tomar iniciativa en las relaciones o poner límites cuando algo no le encaja. Todo ello va reforzando la idea interna de que hay algo en ella que no está bien.
En sesión, aparece un diálogo interno muy exigente: “no tengo nada interesante que decir”, “voy a hacer el ridículo”, “se van a dar cuenta de que estoy nerviosa”. Cuanto más se cree estos pensamientos, más intenta controlar cómo es percibida, y más se pierde a sí misma en el proceso.
El trabajo terapéutico con ella no consiste en eliminar el miedo al rechazo, sino en que pueda legitimarse. Legitimar su opinión, su manera de ser e integrar las emociones que aparecen, como respuestas humanas ante el miedo al juicio.
En el proceso, vamos desplazando poco a poco el foco del “qué pensarán de mí” al “qué pienso yo” y “qué quiero decir”. También se trabajan exposiciones graduales y el aprendizaje de sostener las sensaciones corporales sin interpretarlas como algo peligroso.
El objetivo es que pueda construir una forma de relacionarse más libre, en la que pueda decidir cuándo acercarse y cuándo no, cuándo hablar y cuándo callar, no desde el miedo, sino desde un mayor cuidado hacia sí misma.
Si consideras que puede ser útil trabajar estos aspectos en un espacio terapéutico, puedes ponerte en contacto conmigo.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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