Cuando la justicia se convierte en una fuente de sufrimiento

En consulta hay personas que hablan mucho de situaciones que sienten como injustas: de familiares que se aprovechan de otros, de compañeros que no hacen su parte, de exparejas que consideran que actuaron mal o de situaciones en las que sienten que alguien salió beneficiado a costa de otra persona. Cuando profundizamos en lo que explican, a menudo descubrimos que la justicia ocupa un lugar muy importante en su manera de entender las relaciones y el mundo.

Suelen ser personas especialmente sensibles a las desigualdades, a los abusos o a las incoherencias y esto puede hacer que vivan determinadas situaciones con mucho desgaste emocional. Mientras otras personas pueden relativizar o dejar pasar ciertas cosas, ellas sienten que no pueden hacerlo. Necesitan entender qué ha ocurrido, señalar aquello que consideran injusto o intentar que las cosas vuelvan a un lugar que perciben como más equilibrado. Además, muchas veces les cuesta comprender que otras personas no funcionen de la misma manera o no otorguen a la justicia la misma importancia que ellas.

Cuando se encuentran con situaciones en las que perciben que alguien se aprovecha, hace daño o no asume su parte, conectan con una indignación muy intensa. Sienten una especie de activación interna muy fuerte, una rabia que les cuesta muchísimo soltar y de la que les resulta muy difícil salir.

La cuestión es que vivimos en un mundo en el que muchas veces las cosas no son justas. Además, hay personas que toman decisiones basándose en prioridades, necesidades o valores diferentes a los nuestros. Y eso puede hacer que situaciones que para una persona son claramente injustas sean vividas o interpretadas de una manera muy distinta por otra.

Cuando alguien tiene una sensibilidad tan elevada hacia la injusticia puede quedarse atrapado en una lucha constante con la realidad, viviendo con mucha tensión, rabia e impotencia. Esto puede generar conflictos frecuentes con personas que funcionan de manera distinta, llevarle a discutir una y otra vez sobre situaciones que considera inaceptables o incluso hacer que se distancie de determinadas relaciones.

Y aunque esta sensibilidad puede hacer que sean personas muy éticas, comprometidas y cuidadosas con los demás, también puede hacer que vivan en un estado de alerta y enfado casi permanente.

En terapia puede ser útil que la persona vaya tomando conciencia del sufrimiento que le genera convivir con realidades que no coinciden con sus criterios de justicia. Porque muchas veces el malestar no viene solo de percibir una situación como injusta, sino de la dificultad para convivir con personas, relaciones y contextos que funcionan de maneras muy distintas a las que considera correctas.

A la vez, también puede ser útil reflexionar sobre qué opciones reales tiene para actuar ante aquello que considera injusto: cuándo es posible intervenir, cuándo conviene poner límites y cuándo una situación no está en nuestras manos cambiarla. Esto implica, en ocasiones, aprender a convivir con la frustración que genera que otras personas tengan valores, prioridades o formas de actuar diferentes a las nuestras. Y aunque haya situaciones que podamos intentar cambiar, hay otras que seguirán existiendo aunque no estemos de acuerdo con ellas. Aprender a relacionarnos con esa realidad sin quedar atrapados permanentemente en la rabia también puede formar parte del trabajo terapéutico.

Laura Esquinas

Psicóloga Clínica

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