¿Dónde está el oro que necesito?
El otro día, una persona me hablaba del kintsugi, una técnica tradicional japonesa que consiste en reparar piezas de cerámica rotas utilizando oro para unir sus fragmentos. Su particularidad es que, en lugar de intentar ocultar las grietas, estas quedan visibles y pasan a formar parte de la pieza.
Mientras hablábamos, pensaba en cómo esta técnica puede servirnos también como metáfora de algunas situaciones que atravesamos a lo largo de la vida.
Hay experiencias que nos dañan profundamente: una pérdida, una ruptura, una decepción, una enfermedad, un cambio que no hemos elegido o una situación que pone en cuestión muchas de las cosas sobre las que habíamos construido nuestra vida. Hay momentos en los que podemos sentir, literalmente, que algo se ha roto y que hemos quedado hechos añicos.
En esos momentos necesitamos buscar nuestro propio oro.
Nuestro oro puede estar en muchos lugares. Puede estar en nuestras amistades, en nuestra familia o en aquellas personas que nos acompañan y nos sostienen. También puede estar en nuestra manera de tratarnos: en permitirnos sentir lo que estamos sintiendo, sin exigirnos estar bien antes de tiempo.
Puede estar en pedir ayuda, acudir a terapia, recuperar determinadas rutinas, volver a conectar con aquello que es importante para nosotros o, sencillamente, aceptar que durante un tiempo necesitaremos vivir de otra manera. Todo eso puede formar parte de nuestro oro.
Además, nuestro oro irá cambiando. A veces lo encontraremos en los demás y otras veces en nuestros propios recursos. Habrá momentos en los que necesitaremos hablar y otros en los que necesitaremos estar solos. Momentos en los que podremos hacer cosas para sentirnos mejor y otros en los que lo único posible será transitar aquello que estamos viviendo.
Creo que una parte importante de atravesar estas experiencias tiene que ver precisamente con eso: con ir descubriendo qué necesitamos y dónde podemos encontrar nuestro oro.
Hay algo del kintsugi que me parece especialmente interesante: la pieza reparada no vuelve a ser la misma que era antes de romperse. No se intenta borrar lo sucedido ni recuperar exactamente aquello que había antes. La experiencia queda integrada en ella.
Con nosotros sucede algo parecido. Hay experiencias después de las cuales no podemos regresar exactamente al lugar en el que estábamos, porque lo ocurrido ya forma parte de nuestra historia. Sin embargo, que algo nos haya roto en un momento determinado no significa que tengamos que permanecer rotos.
Podemos ir reparándonos, integrando lo vivido y encontrando una nueva manera de situarnos en nuestra vida. Lo que nos pasó seguirá formando parte de nuestra historia, pero no tiene por qué definir todo lo que somos ni limitar necesariamente aquello que podamos construir después.
Cuando atravesamos uno de esos momentos en los que sentimos que todo se ha roto, no se trata de intentar volver a ser quienes éramos, sino de preguntarnos:
¿Dónde está el oro que necesito ahora?
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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