El sufrimiento de no tener un hogar
Los psicólogos estamos muy acostumbrados a trabajar con la angustia de los seres humanos: el miedo a que tu pareja te deje, a no poder ser madre, a perder el trabajo, a enfermar o a morir. Son situaciones que pueden generar muchísimo sufrimiento y que forman parte de nuestro trabajo cotidiano.
En ocasiones, ese miedo aparece como una amenaza que anticipamos, como algo que tememos que suceda, aunque quizás nunca llegue a ocurrir. En otras, la amenaza es real y la persona tiene que enfrentarse a una situación que no puede cambiar.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que está llegando al final de su vida o en una mujer que descubre que no podrá ser madre biológica. En estos casos, parte del trabajo terapéutico puede consistir en acompañar a la persona a aceptar una realidad profundamente dolorosa, a elaborar lo que supone y a encontrar una manera de seguir viviendo con ello.
Existen también otras situaciones en las que el sufrimiento está relacionado con una necesidad básica que la persona necesita tener cubierta para poder vivir con tranquilidad, pero cuya solución escapa a su control.
Es el caso de la angustia de no tener un hogar. El sufrimiento de aquellas personas que no saben si podrán continuar viviendo en su casa, que no pueden pagar un alquiler, que tienen que marcharse o que viven con la amenaza constante de perder el lugar donde viven.
¿Cómo acompañar a alguien a convivir con una situación que amenaza una de sus necesidades más básicas?
Una persona que no tiene garantizado un lugar donde vivir necesita seguir buscando, luchando y encontrando alternativas. Su propia necesidad de supervivencia la empuja a intentar resolver esa situación, porque dejar de hacerlo podría significar quedarse sin un lugar donde vivir y sin la posibilidad de cubrir otras necesidades fundamentales.
Mientras esa necesidad siga sin estar cubierta, la angustia continuará presente, tanto por el sufrimiento que provoca la situación en sí misma como por la función que cumple: recordar que algo fundamental para su supervivencia y su seguridad sigue estando amenazado. La persona necesita mantenerse alerta, anticipar dificultades y buscar soluciones.
Cuando esta situación se prolonga en el tiempo, puede generar un estado de estrés crónico. Vivir durante años con la incertidumbre de poder perder tu hogar supone permanecer pendiente de una amenaza que afecta directamente a tu seguridad. Este estado de alerta continuado puede tener consecuencias importantes sobre el bienestar psicológico, el descanso, las relaciones personales y la capacidad de construir proyectos de futuro.
Además, cuando la posibilidad de resolver esa situación depende de circunstancias que escapan al control de la persona, a la angustia se añaden sentimientos de impotencia, frustración y agotamiento.
Desde la psicoterapia podemos acompañar a estas personas a sostener el miedo, la incertidumbre y el desgaste emocional que supone vivir en estas condiciones. Sin embargo, nuestro trabajo tiene un límite cuando la situación que provoca el sufrimiento sigue estando presente cada día.
Hay sufrimientos que requieren que cambien las circunstancias que los provocan para que la persona pueda recuperar su tranquilidad y su bienestar.
Mientras una persona tenga amenazada una necesidad tan básica como disponer de un hogar, necesita seguir intentando resolver esa situación. La angustia forma parte de esa respuesta, porque su seguridad continúa en peligro y necesita mantenerse activa en la búsqueda de soluciones. No podemos pretender que esa angustia desaparezca mediante la aceptación mientras la amenaza siga presente.
Por eso, cuando hablamos de salud mental, también deberíamos hablar de las condiciones materiales en las que viven las personas y de las consecuencias psicológicas de vivir durante años sin una vivienda estable.
Porque es muy difícil construir bienestar psicológico cuando no tienes garantizado un lugar seguro desde el que construir tu vida.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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