Hay relaciones que son muy difíciles de amar
Recuerdo a una persona que me explicaba que no se hablaba con su madre. Pero cuando sus amigos le preguntaban por su relación con ella, decía que todo bien, que vivía fuera. A pesar de que ella estaba tranquila con la decisión de haber tomado distancia, le costaba explicarlo. Sentía que la iban a juzgar, que aparecerían comentarios del tipo: “¿cómo no te vas a hablar con tu madre? Una madre es una madre”.
Tenemos muy interiorizada la idea de que tenemos que querer a nuestra familia, que ese vínculo implica amor, cuidado y presencia, como si eso fuera siempre así. Pero la realidad no siempre es así. Hay relaciones que son muy difíciles de amar. Y muchas de estas relaciones forman parte de los espacios terapéuticos: Hijos que conviven con distintas problemáticas de sus padres: consumo de sustancias, trastornos del estado de ánimo como la depresión, trastornos de personalidad, problemas de control de la ira o negligencia emocional. Son padres y madres que pueden ser difíciles de amar y cuesta mucho poder hablar de eso.
No escogemos nuestros vínculos familiares, no escogemos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos, ni a nuestros hijos. Pero cuando llegamos a la edad adulta sí que podemos empezar a pensar y a decidir cómo resituarnos en esa relación.
Sería ideal poder construir vínculos basados en el afecto y el respeto, pero muchas veces esto no se da. Y no se da porque una de las partes no está en disposición de construir ese tipo de relación. Y, aun así, seguimos ahí. Por el rol que ocupan, por la historia, por la idea de lo que debería ser. Aunque eso sea dañino para nosotros, para nuestra autoestima y para nuestra manera de estar en el mundo.
¿Alguna vez te has planteado qué tipo de relación tendrías con esa persona si no ocupara el lugar que ocupa en tu vida? Si no fuera tu madre, tu padre o tu hermano. ¿Seguirías ahí? ¿Sostendrías lo que sostienes? ¿Aceptarías lo que aceptas? Pararte a pensar esto no implica que tengas que tomar una decisión ni que tengas que romper ese vínculo. Pero sí puede ayudarte a darte cuenta dónde te estás quedando.
Reconocer que te mantienes ahí por el rol que ocupa esa persona y no por cómo es la relación puede ayudarte a poner nombre a lo que vives. A entenderlo. A aceptar que quizás estás en una relación que te daña, pero de la que no estás preparado, no quieres o no puedes resituarte o salir en este momento.
A veces estas relaciones se sostienen por el peso del sistema familiar, por lo que implicaría dejar de hablarse, por el impacto que tendría en otros miembros o por la historia compartida. Pero sostener este tipo de vínculos también tiene un coste. Puede generar ansiedad, malestar constante, culpa, confusión, desgaste emocional, sensación de atrapamiento o dificultad para poner límites. Si te encuentras en una situación así y no sabes cómo gestionarla o cómo colocarte dentro de esa relación, pedir ayuda puede ser un primer paso. Acompañarte a entender qué te pasa, qué necesitas y cómo posicionarte frente a este tipo de vínculos conflictivos forma parte del proceso terapéutico.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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