La distancia entre hermanos es más habitual de lo que parece

Hay personas que no tienen una buena relación con sus hermanos. Apenas se ven, casi nunca se llaman y muchas veces únicamente coinciden en reuniones o eventos familiares.

Estas dinámicas empiezan a construirse desde pequeños. Puede haber ocurrido que los padres estuvieran enfrentados entre ellos y que cada hijo se vinculara más con uno de los padres, provocando que los hermanos también terminaran rivalizando entre sí. Otras veces el vínculo queda marcado por comparaciones constantes, donde uno puede haber sentido que, si no era como el otro, nada de lo que hacía era suficiente, generándose relaciones de competencia, resentimiento o sensación de inferioridad.

También puede generar mucha distancia haber convivido con hermanos que tienen conductas impulsivas, adictivas o comportamientos que generan tensión constante dentro de la familia y sentir que, de alguna manera, el resto tiene que adaptarse continuamente a ello. En algunas familias incluso se acaba organizando toda la dinámica alrededor de ese hermano que genera más preocupación, mientras otros hijos aprenden a no molestar, a ser responsables o a gestionar solos lo que les pasa.

Todo esto no siempre se percibe tan claramente durante la infancia y suele ponerse más de manifiesto en la vida adulta. Es ahí cuando uno de los hermanos puede empezar a sentir que el otro se aprovecha de los padres, que no acompaña cuando necesitan cuidados, que no se implica en los problemas familiares o que determinadas responsabilidades siempre terminan recayendo sobre la misma persona.

Además, es frecuente que la persona intente cambiar continuamente la situación: decirles a los padres lo que tendrían que hacer con ese hijo, intentar que el hermano actúe de otra manera o tratar de que la familia vea lo que ella lleva años sintiendo. Sin embargo, muchas veces esto acaba generando todavía más desgaste, más discusiones y más sensación de impotencia.

Tener una mala relación con un hermano suele generar mucho conflicto interno porque socialmente existe la idea de que entre hermanos debería haber unión, apoyo incondicional y un vínculo automático. Muchas personas sienten que “deberían” querer a sus hermanos, tener ganas de verlos, preocuparse por ellos o mantener una relación cercana simplemente por el hecho de ser hermanos y compartir familia. Y cuando eso no ocurre, aparece culpa: culpa por la distancia, por necesitar alejarse, por experimentar rabia o incluso alivio cuando no tienen contacto.

Otras veces la persona minimiza lo que ha vivido porque piensa: “es mi hermano”, “en todas las familias pasan cosas” o “no ha sido para tanto”.

La terapia puede ayudarte a entender cómo se construyó esa relación y qué dinámicas la han ido configurando. También puede acompañarte a legitimar las emociones que aparecen en torno a ella y a reconocer que determinados aspectos de ese vínculo te hicieron daño o lo siguen haciendo. Poder abordar esta situación puede ayudarte a resituarte en esa relación de una manera más tranquila para ti.

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Laura Esquinas

Psicóloga Clínica

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