La guerra fría emocional en casa

Muchas veces nos encontramos en terapia con personas que nos relatan que conviven con parejas, familiares, ya sea una madre, un padre, un hermano o una pareja, que cada vez que atraviesan una situación complicada, hacen que esta se vuelva evidente para todos los que tienen alrededor.

Puede tratarse de una situación laboral que genera frustración, de una preocupación económica, de un conflicto con otra persona, de una pérdida, de una decepción o simplemente de un momento vital especialmente difícil. También puede ser miedo, tristeza, incertidumbre o sensación de injusticia.

No estamos hablando de personas que compartan lo que les ocurre o que pidan apoyo cuando lo necesitan. De hecho, hacerlo suele ser algo saludable. Nos referimos a situaciones en las que la emoción acaba teniendo una presencia tan constante que termina influyendo en el clima relacional de quienes conviven con ella.

La persona está más irritable, más preocupada, más absorbida por lo que le sucede o emocionalmente menos disponible. El ambiente se vuelve más tenso y quienes la rodean empiezan a estar pendientes de cómo se encuentra antes de expresar sus propias necesidades, hacer determinadas propuestas o incluso comportarse con naturalidad. Es como si toda la casa quedara condicionada por el estado emocional de una sola persona.

Con frecuencia, estas personas tienen motivos legítimos para sentirse mal. El problema no suele estar en la emoción en sí, sino en la dificultad para regularla y darle un espacio que no termine ocupando gran parte de la vida relacional.

Poco a poco, la frustración, el miedo o la tristeza dejan de ser únicamente una experiencia individual y pasan a convertirse en algo que toda la familia o la pareja tienen que gestionar de una manera u otra.

A veces, quienes conviven con estas personas acaban sintiendo que no solo están acompañando una dificultad, sino que están viviendo dentro de ella.

Si eres una de las personas que convive con alguien así, es habitual que aparezca la tentación de intentar sacarle de ese estado. Algunas personas lo hacen siendo especialmente amables, intentando compensar el malestar del otro. Otras recurren a consejos, explicaciones o largas conversaciones para que la persona cambie de actitud. Sin embargo, muchas veces estas estrategias no funcionan e incluso pueden reforzar la dinámica.

Tampoco suele ayudar responder desde el mismo lugar y entrar en una escalada de tensión, reproches o enfado.

En nuestra experiencia, suele ser más útil mantener una posición de respeto hacia la emoción y, al mismo tiempo, poner límites a la manera en que esta se expresa en la relación. Algo parecido a: “Entiendo que estés pasando por un momento difícil y que necesites tiempo o espacio para procesarlo. Podemos hablar de ello las veces que necesites. Pero no estoy de acuerdo con que este malestar termine marcando el clima de nuestra relación o de nuestra casa”.

Este tipo de respuesta tiene algo importante: reconoce el sufrimiento de la persona sin infantilizarla ni asumir la responsabilidad de gestionarlo por ella. La coloca en un lugar de adulto, capaz de hacerse cargo de lo que siente, aunque necesite apoyo para hacerlo.

Y si eres tú quien suele ocupar ese lugar, quizás te ayude preguntarte algunas cosas: cuando estás mal, ¿qué espacio ocupa ese malestar en tus relaciones? ¿Te resulta fácil interesarte por lo que les ocurre a los demás o sientes que toda tu atención queda absorbida por aquello que te preocupa? ¿Las personas cercanas te acompañan o acaban adaptándose continuamente a tu estado emocional?

No se trata de no compartir lo que sentimos ni de afrontar las dificultades en soledad. Se trata de desarrollar la capacidad de sostener una emoción sin que esta termine convirtiéndose en el eje alrededor del cual giran todas nuestras relaciones.

Porque acompañar forma parte de cualquier vínculo cercano, pero las emociones de una persona no deberían acabar organizando la vida emocional de todos los demás.

 

Laura Esquinas

Psicóloga Clínica

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