La necesidad de tener razón
Es frecuente escuchar en terapia relatos en los que cada persona defiende su propia verdad.
En las sesiones de terapia familiar podemos observar cómo, a partir de una situación concreta, los distintos miembros se enzarzan en intentar convencer a los demás —y también al terapeuta— de que lo que ellos vivieron es lo que realmente ocurrió. Mientras una persona defiende una versión, otra trata de demostrar que la verdadera es la suya.
Incluso pueden formarse subgrupos entre quienes comparten una determinada interpretación de lo sucedido. En ocasiones, llegan a considerar que su versión es la verdadera simplemente porque cuenta con el respaldo de más miembros de la familia.
En terapia de pareja también nos encontramos con esta disputa. Cada miembro explica lo ocurrido desde su perspectiva y, a veces, busca en el terapeuta un aliado que confirme que su manera de entender la situación es la correcta.
También puede suceder en las sesiones individuales. Algunas personas buscan, a través de su relato, que el terapeuta les dé la razón, confirme su interpretación y les permita salir de la sesión todavía más convencidas de que su verdad es la única posible.
Sin embargo, quizá podríamos plantearnos otras preguntas: ¿para qué necesito que los demás compartan mi interpretación? ¿Qué necesito que la otra persona reconozca? ¿Por qué necesito que exista una única versión de lo ocurrido?
Ante una misma situación puede haber partes del relato compartidas y otras muy diferentes. No solo porque recordemos cosas distintas, sino porque cada persona vive los acontecimientos desde su propia experiencia: desde lo que vio y escuchó, desde lo que sintió en ese momento y desde sus creencias, expectativas e historia previa.
Dos personas pueden haber estado en el mismo lugar y haber vivido una situación de maneras muy diferentes.
Es comprensible que queramos validar lo que pensamos y sentimos, así como que la otra persona reconozca nuestra experiencia. Pero cuando exigimos que el otro renuncie a su propia vivencia para confirmar la nuestra, nos alejamos de la posibilidad de comprendernos y resolver el conflicto.
Podemos pasar horas discutiendo sobre quién dijo qué, quién empezó, qué tono utilizó cada uno, qué intención tenía o qué ocurrió exactamente. Y quizá, después de todo ese esfuerzo, continuemos en el mismo lugar.
Por eso, cuando te descubras intentando demostrar que tu verdad es la única válida, puede ser interesante preguntarte: ¿por qué necesito insistir tanto en que las cosas ocurrieron exactamente como yo las viví? ¿Qué necesito que reconozca la otra persona? ¿Qué significado tendría para mí que no lo reconociera? ¿Y qué sucedería si pudiera aceptar que yo lo viví de una manera y la otra persona de otra?
Te propongo una forma alternativa de iniciar la conversación:
«Yo lo viví así y entiendo que tú lo viviste de otra manera. Si te parece, podemos explicar cómo experimentó cada uno lo sucedido, cómo nos afectó y qué podemos hacer para cuidarnos o afrontar de otra forma una situación parecida en el futuro».
El objetivo no tiene que ser llegar a una única versión de lo ocurrido, sino conseguir que ambas experiencias puedan ser escuchadas y reconocidas.
Si, a pesar de iniciar una conversación desde esta disposición, la otra persona no muestra ninguna voluntad de escuchar, flexibilizar su postura o integrar tu perspectiva, quizá te convenga preguntarte qué sentido tiene continuar esa conversación y qué límites necesitas establecer.
Si sientes que te cuesta flexibilizar tu visión, escuchar otras perspectivas o convivir con personas que tienen dificultades para hacerlo, la terapia puede ayudarte a comprender qué sucede y a encontrar otras formas de relacionarte. Puedes pedir una cita con nosotros.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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