La trampa del alivio inmediato

Es muy frecuente encontrarnos en terapia con personas a las que les cuesta convivir con lo que sienten. ¿Qué significa esto? Que cuando aparece una situación que les genera malestar, o incluso simplemente anticipan que puede ocurrir, sienten la necesidad de hacer algo de inmediato para no tener que convivir con esa incomodidad.

La mayoría de las veces ni siquiera son conscientes de que funcionan así. Es una forma de relacionarse con las emociones que han ido aprendiendo a lo largo de su vida: cada vez que aparece una emoción desagradable, o incluso la posibilidad de que aparezca, buscan una manera rápida de reducir ese malestar o de evitar sentirlo.

Hay quien responde de forma impulsiva a un mensaje porque le ha molestado. Quien dice que sí a un favor porque no soporta la idea de que el otro pueda pensar mal de él. Quien deja una tarea para mañana porque empezar le genera ansiedad. Quien evita una conversación incómoda esperando que el problema se resuelva solo. Quien necesita revisar constantemente el móvil para no quedarse a solas con el aburrimiento o la incertidumbre. O quien pide perdón de forma casi automática, incluso antes de preguntarse si realmente ha hecho algo mal, solo para evitar que aparezca el conflicto.

Aunque parezcan conductas muy diferentes, todas pueden estar cumpliendo la misma función: aliviar el malestar lo antes posible.

El problema es que ese alivio suele ser solo momentáneo. A largo plazo, estas respuestas refuerzan una manera de funcionar en la que la emoción acaba marcando el camino.

Aprender a convivir con una emoción no significa resignarse ni pasarlo mal porque sí. Significa darte el tiempo suficiente para observar lo que estás sintiendo antes de decidir qué quieres hacer con ello. Ese pequeño espacio cambia muchas cosas, porque deja de ser la emoción la que dirige tu conducta y empiezas a ser tú quien decide cómo responder.

No podemos elegir lo que sentimos. Pero sí podemos aprender a elegir qué hacemos con ello.

Y, precisamente, una parte importante del trabajo terapéutico consiste en desarrollar esa capacidad: aprender a sostener lo que sentimos sin tener que reaccionar de inmediato. Porque cuando dejamos de actuar únicamente para escapar del malestar, aparece algo que hasta ese momento era difícil de encontrar: la libertad de poder elegir cómo queremos responder.

Laura Esquinas

Psicóloga Clínica

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