¿Por qué seguimos sorprendiéndonos de lo predecible?
Es frecuente ver en terapia a personas que llevan años intentando que su familia las reconozca de una manera diferente y que, por mucho que cambien, siguen ocupando el mismo lugar de siempre. La hija responsable continúa siendo la responsable. La “oveja negra” sigue siendo la oveja negra. Quien siempre ha sido visto como inmaduro continúa siendo tratado como si lo fuera, aunque lleve años demostrando lo contrario. También ocurre en el trabajo. Hay empresas en las que la comunicación siempre es caótica, donde las decisiones llegan tarde o donde cualquier propuesta de cambio acaba encontrando las mismas resistencias. Sin embargo, cada vez que vuelve a ocurrir, nos sorprende. Y pasa en las relaciones de pareja, con los amigos o en cualquier vínculo importante.
¿Por qué seguimos esperando que algo que lleva años funcionando de la misma manera cambie? ¿Por qué nos sigue sorprendiendo cuando no lo hace?
Muchas veces porque seguimos interpretando el comportamiento de los demás desde nuestra propia forma de entender el mundo. Pensamos que darán importancia a lo que para nosotros es importante, que entenderán lo que nos parece evidente o que reaccionarán como nosotros reaccionaríamos. Pero esa predicción no se basa en cómo funciona la otra persona, sino en cómo funcionamos nosotros. Nos cuesta aceptar que alguien pueda tener una forma distinta de pensar, sentir o actuar y que, precisamente por eso, su comportamiento sea bastante predecible.
Paradójicamente, los seres humanos somos muy buenos detectando patrones. Sabemos anticipar qué ocurrirá si dejamos una planta sin regar o si conducimos cada mañana por el mismo recorrido. Sin embargo, cuando esos patrones aparecen en las relaciones, muchas veces dejamos de verlos. Seguimos sorprendiéndonos de que quien evita los conflictos vuelva a evitarlos. De que quien necesita controlar vuelva a controlar. De que una familia vuelva a repartir los mismos papeles de siempre. De que una organización responda exactamente igual que las veces anteriores.
Aceptar que una persona o un sistema tiene una forma determinada de funcionar no significa justificarlo, resignarse ni pensar que nadie pueda cambiar. Significa reconocer cómo funciona hoy para poder decidir qué hacemos nosotros con esa realidad. Dejamos de esperar que el otro actúe según nuestra lógica y empezamos a tomar decisiones teniendo en cuenta cómo funciona realmente.
Quizá la pregunta ya no sea por qué esa persona vuelve a actuar igual. Quizá la pregunta sea por qué seguimos esperando una respuesta diferente de alguien que lleva años mostrándonos cómo funciona.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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