¿Sigues intentando ser la buena hija?
Puede que tengas 30, 40, 50 o incluso 60 años y que, sin darte cuenta, continúes viviendo desde el papel de la buena hija o del buen hijo. Puede que muchas de tus decisiones estén condicionadas por cómo crees que se sentirán tus padres. Evitar que se enfaden, decepcionarlos o causarles preocupación puede haberse convertido en algo habitual para ti, aunque eso implique dejar de lado lo que realmente quieres o necesitas.
Quizás te descubras pensando: «No quiero que mi madre se lo tome mal», «Mi padre se preocupará si hago esto» o «Prefiero no decirles nada». Detrás de estos pensamientos no suele haber únicamente una necesidad de evitar el conflicto. Muchas veces también existe un miedo muy intenso a dejar de ocupar el lugar que siempre has tenido dentro de tu familia.
Ese miedo puede acabar influyendo en decisiones muy diversas. Tal vez sigues pasando las vacaciones en la casa de tus padres, aunque preferirías hacer otros planes. Puede que no te atrevas a cambiar de trabajo o de profesión porque sabes que no lo entenderían. Quizás modificas tu forma de vestir, la manera de educar a tus hijos o incluso tu forma de relacionarte con los demás para evitar críticas, discusiones o sentimientos de culpa.
Visto desde fuera, puede parecer que no es tan importante. Pero, cuando esto ocurre una y otra vez, puedes ir perdiendo el hábito de preguntarte qué necesitas o qué deseas realmente. Poco a poco, dejas de tomar decisiones desde ti y empiezas a hacerlo desde las expectativas de los demás.
Es posible que durante muchos años hayas ocupado un lugar muy concreto dentro de tu familia. Quizás has sido la hija o el hijo responsable, quien no daba problemas, quien estaba disponible cuando hacía falta, quien ayudaba, conciliaba o procuraba que todo estuviera bien. Ese papel suele recibir mucho reconocimiento. Tus padres confían en ti, se sienten orgullosos y te describen como una persona buena y responsable.
El problema aparece cuando mantener ese lugar empieza a tener un coste demasiado alto: reprimir decisiones que necesitas tomar, renunciar a aspectos importantes de tu vida o sentir que debes cuidar constantemente las emociones de tus padres, incluso cuando hacerlo significa descuidar las tuyas.
Parte del proceso de hacerse adulto consiste precisamente en poder construir una vida propia. Esto no significa dejar de querer a tus padres, romper el vínculo con ellos ni dejar de tenerlos en cuenta. Significa que sus necesidades, sus expectativas o su aprobación dejan de ser el criterio principal desde el que organizas tu vida.
En psicología llamamos individuación a este proceso. Consiste en ir construyendo una identidad propia, diferenciada de tu familia de origen. No implica alejarte emocionalmente de tus padres, sino poder relacionarte con ellos desde la libertad y no desde la necesidad de seguir cumpliendo un papel.
Porque querer a tus padres y construir una vida propia no deberían ser dos objetivos incompatibles.
Si te has sentido identificado o identificada con este texto y quieres trabajarlo, puedes pedir una primera visita de terapia.
Laura Esquinas
Psicóloga Clínica
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